Algunos recordamos el argumento de
la película “El festín de Babette”,
de la escritora danesa Karen Blixen, interpretada
genialmente por aquellos comensales que no sabiendo
ni el nombre de lo que comen (menos el coronel) van
suavizando sus formas de hablar, se duelen de haber
enojado a los demás y se llena toda la mesa
de miradas de complicidad, de perdón, de amor
y de agradecimiento a las dos hermanas que han quedado
solteras para ocuparse de la comunidad que los había
legado su padre difunto. Para Babette la cocina es
un arte con el cual es capaz de otorgar la felicidad
a las personas que disfrutan de sus platos.
¡Que conveniente es en la actualidad no olvidar
la mesa! Las prisas por el trabajo y por las dificultades
que nos surgen cada día podrían ir arrinconando
el encuentro diario familiar, fuente de descanso y
de comunicación. A muchos, debido a la carencia
de tiempo, nos resulta muy práctico tomar alimentos
de la nevera y en plan rápido – todo
debe ser rápido –, comer desordenadamente
con los consecuentes problemas de salud, normales
cuando se vive sin poder recuperar fuerzas.
Es
un arte la cocina de muchas abuelas que transmiten
las recetas tradicionales a sus hijos y nietos con
la seguridad de que la memoria de los fogones y los
platos típicos no se olvidarán; siempre
habrá algún artista que tomará
el relieve y que se ocupará que al menos en
las celebraciones familiares “probemos”
las recetas de la abuela y nos sentemos a la mesa,
para dialogar.