| La mayoría de la gente admite
tener una relación de odio-amor con el invento. Se quejan
de la caja tonta pero se sientan en sus sofás y se apropian
del mando a distancia. Durante décadas los científicos
han estado estudiando los efectos de la televisión, fijándose,
generalmente, en ver si la violencia se encuentra en relación
con la práctica de la misma actitud en la vida real. El
término “adicción televisiva” es impreciso
y está cargado de juicios de valor, pero capta la esencia
de un fenómeno muy real. Tanto los psicólogos como
los psiquiatras definen la dependencia a una materia –formalmente-
como un desorden caracterizado por criterios que incluyen el paso
de una enormidad de tiempo usando esa materia o sustancia.
Todos estos criterios pueden aplicarse a la gente que ve una
enormidad de televisión. Esto no significa, ni mucho
menos, que ver la televisión, per se, sea problemático.
La televisión puede enseñar y divertir. Es posible
que alcance alturas estéticas y facilite distracción
y escape, cosas ambas muy necesarias. La dificultad llega cuando
la gente tiene un fuerte sentimiento de que no debería
ver tanta televisión como hacen y, aún, se hallan
extrañamente incapaces de reducir su visión. Algún
conocimiento de cómo el medio ejerce su atractivo es
posible que ayude a los televidentes a practicar un mejor control
sobre sus vidas.
Es asombrosa la cantidad de tiempo que la gente pasa viendo
la televisión. Por término medio, los individuos
en el mundo industrializado dedican tres horas al día
a la búsqueda de programas –la mitad de su tiempo
de ocio- y más que cualquier otra actividad para ahorrar
trabajo y sueño. Sobre la base de semejante proporción,
alguien que viva 75 años pasa 9 de ellos frente al aparato.
Otros estudios han demostrado, de manera consistente, que casi
el 10% de los adultos se denominan, a sí mismos, adictos
televisivos. Como podría esperarse, cuando llamábamos
a la gente que estaba viendo la televisión, nos decían
que se encontraban en un estado pasivo y relajado. De manera
similar, los estudios llevados a cabo con el electroencefalograma
muestran una menor estimulación mental, al ser medidos
por la producción alfa de ondas cerebrales, durante la
visión televisiva que durante la lectura.
Lo que es más sorprendente es que el sentido de la relajación
acaba cuando se apaga el aparato, pero continúa el de
pasividad y baja alerta. Los participantes en el estudio reflejan,
comúnmente, que la televisión, de alguna manera,
ha absorbido o sumido sus energías, dejándoles
agotados. Manifiestan que tienen más dificultades para
concentrarse después de un visionado que con anterioridad.
En contraste, es raro que declaren semejantes dificultades tras
la lectura. Después de practicar deportes o sus entretenimientos
favoritos, la gente manifiesta mejorías en sus comportamientos.
Tras ver la televisión, las conductas de las personas
son casi idénticas o peores que antes.
Después de que transcurran unos momentos de haberse
sentado y empujar el botón que dice “encender”,
los telespectadores dicen encontrarse más relajados.
Puesto que tal estado ocurre con rapidez, la gente se ve condicionada
a asociar el visionado con el descanso y la carencia de tensión.
Esta asociación se refuerza positivamente, puesto que
los telespectadores permanecen relajados durante todo el tiempo
del visionado.
El hábito de las drogas camina por senderos similares.
Un tranquilizante que sale del cuerpo con rapidez, es mucho
más probable que ocasione dependencia que el que se va
despacio, precisamente porque el consumidor es más consciente
de que los efectos de la droga están desapareciendo.
Los telespectadores engendran un mayor número de ellos.
Así es la ironía de la televisión: la gente
acostumbra a ver mucho más tiempo del que planeaban,
aun cuando una prolongada visión sea menos recompensadora.
En nuestros estudios se llega a la conclusión de que
cuantas más horas se pasen frente al aparato, menor satisfacción,
dicen, logran con ello. ¿Cómo es posible que la
televisión nos atrape de esa forma?
En 1986, Byron Reeves, de la Universidad de Standford; Esther
Thornson, de la Universisdad de Missouri, más otros colegas,
comenzaron a estudiar si los retos firmes y formales de la televisión
–cortes, películas, zooms, vistas panorámicas,
ruidos repentinos- activan la respuesta orientativa y, de aquí,
que se mantenga la atención en pantalla. Mediante la
vigilancia de cómo las ondas cerebrales se afectaban
por rasgos formales, los investigadores llegaron a la conclusión
de que otros trucos estilísticos son capaces, en verdad,
de desencadenar respuestas involuntarias y “sacar su valor
de atención por medio de la significativa evolución
de detectar movimientos… Son las formas –no los
contenidos- las que hacen única a la televisión.”
La respuesta orientativa puede, en parte, explicar las más
comunes observaciones del telespectador, tales como: “Si
la televisión está encendida, no soy capaz de
llevar los ojos hacia otro lado o cerrarlos”, “no
quiero ver tanto como lo hago, pero no me es posible defenderme”
y ”me siento hipnotizado cuando veo la televisión”.
Roberto D McIlwraith, de la Universidad de Manitoba, analizó
en los estudios a los que a sí mismos se califican como
teleadictos. Bajo una media llamada SIPI, se encontró
con que los adictos, más arriba citados, se aburren y
distraen con superior facilidad, y tienen un control más
pobre de la atención que los que no padecen adicción.
Los adictos manifestaron que usaban la televisión como
divertimento en la huida de pensamientos desagradables, así
como para rellenar el tiempo. Otros estudios –en el transcurso
de los años- han demostrado que los telespectadores intensos
tienen una inferior probabilidad de tomar parte en la actividades
comunitarias y deportivas, con una cierta tendencia a la obesidad
en relación con los telespectadores moderados o que,
simplemente, no lo son.
Para algunos investigadores, el paralelismo más convincente
entre la televisión y los drogadictos es que la gente
experimenta los síntomas de la retirada cuando dejan
el visionado. Hace casi 40 años que Gary A. Steiner,
de la Universidad de Chicago, coleccionó un fascinante
número de familias cuyo grupo se había roto, circunstancia
que retornan cuando la casa sólo tiene un conjunto: “la
familia se mueve dando vueltas como un pollo sin cabeza”.
“Era terrible”. “No hacíamos nada.
Sólo hablar entre mi esposo y yo”. “Lloraba
constantemente. Los niños me molestaban y mis nervios
estaban a punto de estallar. Traté de interesarles en
juegos, pero imposible. La televisión es parte de ellos”.
“En más de la mitad de los hogares, durante estos
iniciales primeros días, se interrumpían las rutinas
ordinarias, los miembros tenían dificultades para adaptarse
al nuevo horario disponible, expresaban ansiedad y espíritu
agresivo… La gente que vivía solitaria mostraba
tendencia a la irritación y a aburrirse… Durante
la segunda semana, era común un movimiento de adaptarse
a la nueva situación.”
Aunque parezca que la televisión está en línea
con el criterio de dependencia a la sustancia, no todos los
analistas han llegado tan lejos como para llamar aditiva a la
televisión. McIlwaith dijo en 1998 que “desplazar
otras actividades por la televisión puede ser significativo
socialmente, pero aún se está lejos de la exigencia
clínica para un importante deterioro”. Argumentó
que tal vez no sea necesaria una nueva categoría de “teleadicción”,
si los espectadores intensivos se contienen de condiciones tales
como depresión y fobia social. No obstante, si diagnosticamos
que alguien sea teledependiente, o no, de manera formal, millones
de personas notan que no pueden controlar, fácilmente,
la cantidad de televisión que ven.
Para una creciente mayoría del público, la vida
online que llevan puede, no pocas veces, parecer más
importante, inmediata e intensa que la que llevan en un cara
a cara. Mantener el control sobre los hábitos medios
de uno mismo es hoy –más que nunca lo ha sido-
un auténtico reto. Los aparatos de televisión
y ordenadores están en todas partes, pero la pequeña
pantalla e internet necesitan no interferir con la calidad del
resto de la propia vida. En su fácil suministro de relajación
y escape, la televisión es capaz de ser beneficiosa a
dosis limitadas. Ahora bien, cuando la costumbre obstaculiza
la capacidad de interferir el crecimiento, aprender nuevos temas
y conducir a una vida activa, entonces sí que constituye
un tipo de dependencia y, así, debería tomarse
muy en serio.
* Artículo publicado en Carta de Ajuste, Mayo 2003,
número 57 ** Publicación mensual de la ATV
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