|
Es muy probable que
las causas de esta situación sean varias, complejas y
de diversa naturaleza. Sin embargo, lo que es seguro es que
entre ellas se halla la influencia de la hegemonía de
la imagen en la cultura contemporánea a través
de diversos medios, pero, sobre todo, a través de la
televisión.
Nuestros alumnos no escriben, no leen y están expuestos,
en cambio, a muchas horas de contemplación de imágenes
desde antes de empezar su escolarización. Ambos fenómenos
–bajos índices de lectura, altos índices
de audiencia audiovisual– es más que posible que
estén relacionados. La imagen forma parte de su vida
cotidiana desde muy diversos formatos (publicidad diversa en
la calle, libros de iniciación a la lectura, comics,
cromos, revistas ilustradas, ...) pero son sin duda las pantallas
(gamebooys, monitores de ordenador, videojuegos, vídeos,
cine, tv...)el soporte al que nuestros alumnos dedican más
tiempo; y entre ellas la reina es la del televisor, bien como
vehículo formal de alguna de las imágenes citadas,
bien como transmisor de su propio contenido televisivo.
En otro lugar hemos puesto de manifiesto el misterioso proceso
según el cual “la TV es, sin duda, el fenómeno
audiovisual –y ¿cultural?- más importante
del siglo XX y, sin embargo, resulta paradójicamente
invisible. Pasa desapercibida de tan evidente y continua que
es su presencia entre nosotros”. (1)
Es preciso sacarla de su invisibilidad para reflexionar sobre
su capacidad de impacto en el proceso de aprendizaje de nuestros
alumnos, en sus capacidades verbales, orales y escritas. Con
estas líneas no pretendemos sino recordar algo que puede
parecer obvio, pero que, quizá por eso, se olvida con
frecuencia y que puede ayudarnos a comprender mejor parte del
problema y empezar por tanto a buscar soluciones metodológicas
tanto a nivel departamental como a nivel de Centro.
Un mundo feliz
“Divertirse hasta morir” titula Neil Postman un
ensayo del que merece la pena reproducir algunas líneas
de su prefacio. Después de afirmar que pasada la fecha
de 1984 hemos respirado tranquilos al no ver cumplida la terrible
profecía de George Orwell, nos advierte : “ Hemos
olvidado que al lado de la oscura visión de Orwell, hubo
otra –un poco más antigua, un poco menos conocida
pero igualmente estremecedora– : El Mundo Feliz de Aldous
Huxley. Al contrario de lo que se cree, incluso entre gente
ilustrada, Huxley y Orwell no profetizaron la misma cosa. Orwell
advierte que sobrevendrá sobre nosotros una opresión
impuesta externamente. Mientras que en la visión de Huxley,
ningún Gran Hermano será necesario para privar
a la gente de su historia, madurez y autonomía. Tal y
como él lo vio, la gente llegará a amar su opresión,
a adorar las tecnologías que deshacen sus capacidades
para pensar.
Lo que Orwell temía era a aquellos que prohibirían
los libros; lo que temió Huxley era que no hubiera ninguna
razón para prohibir los libros, porque no habría
nadie que quisiera leerlos. Orwell pensó que se nos privaría
de la información; Huxley que sería tan abundante
que nos reduciría a la pasividad y el egoísmo.
Orwell profetizó que la verdad nos sería ocultada;
Huxley que sería ahogada en un mar de superficialidad.
(...) Como dijo el propio Huxley en Un Mundo Feliz Revivido,
los luchadores civiles y los racionalistas que están
siempre alerta para oponerse a la tiranía «se equivocaron
al no tomar en consideración el apetito casi infinito
del hombre por la diversión». En 1984, añadía
Huxley, la gente era controlada mediante el dolor. En Un Mundo
Feliz, lo era mediante el placer. En definitiva, mientras que
Orwell temió que aquello que odiamos sería nuestra
ruina; Huxley temió que nos arruinaría lo que
amamos.” (2)
Puede que para muchos la profecía de Huxley y su recuerdo
por parte de Postman no sea sino otra página apocalíptica
de visionarios más o menos recalcitrantes. Sin embargo,
a otros muchos nos parece extraordinariamente clarificadora
su lectura en un momento en el que el Gran Hermano de 1984 se
ha convertido en un programa de TV con doce millones de felices
y satisfechos telespectadores.
El problema es el medio
“Todos los medios nos vapulean minuciosamente. Son tan
penetrantes en sus consecuencias personales, políticas,
económicas, estéticas, psicológicas, morales,
éticas y sociales que no dejan parte alguna de nuestra
persona intacta, inalterada, sin modificar. El medio es el masaje.
Ninguna comprensión de un cambio social y cultural es
posible cuando no se conoce la manera en que los medios funcionan
como ambientes”. (3)
La exposición continuada a los medios audiovisuales,
por las características esenciales de esos medios e independientemente
de lo que en ellos veamos, constituye un “ambiente”
que nos afecta, como usuarios y como personas, en nuestra manera
de ser y en nuestras capacidadades.
Quizás, una vez más, el árbol de los contenidos,
no nos deja ver el bosque de la imagen. Es decir, nos preocupa
la calidad estética o el valor ético de lo que
miran nuestros alumnos y en cambio no tenemos en cuenta la cantidad
de tiempo que dedican a ejercitar la mirada en detrimento del
tiempo que debían dedicar a ejercitar el lenguaje por
excelencia: el lenguaje verbal; ni tampoco los efectos que produce
la preeminencia de uno y otro tipo de lenguaje en su proceso
de aprendizaje y desarrollo.
Lenguaje visual, lenguaje verbal
“Dice Raimond Llull que todo cuanto se puede sentir por
los cinco sentidos corporales, todo es maravilla; pero que como
el hombre siente a menudo las cosas corporalmente, por esto
no se maravilla; y que lo mismo sucede con las cosas espirituales
que el hombre puede entender. Así pues, yo creo que la
palabra es la maravilla mayor del mundo porque en ella se abrazan
y confunden toda la maravilla corporal y toda la maravilla espiritual
de nuestra naturaleza. Parece que la tierra use de todas sus
fuerzas en llegar a producir el hombre como a más alto
sentido de sí misma; y que el hombre use toda la fuerza
de su ser en producir la palabra.” (4) Sirvan estas palabras
del poeta catalán Joan Maragall para introducirnos en
el maravilloso mundo del lenguaje verbal hoy tan infravalorado.
Por otro lado, Giovanni Sartori en su provocador ensayo Homo
Videns, la sociedad teledirigida, explica en su primer capítulo
que “lo que hace único al homo sapiens es su capacidad
simbólica.(...) Y la capacidad simbólica de los
seres humanos se despliega en el lenguaje”. Y aunque el
término se aplica a diferentes formas de expresión
humana, “el lenguaje esencial que de verdad caracteriza
e instituye al hombre como animal simbólico es el «lenguaje-palabra».
(...) El hombre es un animal parlante, un animal loquax «que
continuamente está hablando consigo mismo» (Cassirer,
1948, pág. 47)(...) Y no sólo el comunicar, sino
también el pensar y el conocer que caracterizan al hombre
como animal simbólico se construyen en lenguaje y con
el lenguaje” (5). Y añade que “el pensar
no necesita del ver” poniendo el ejemplo de “cómo
un ciego no está obstaculizado en su pensar por el hecho
de no poder ver las cosas en las que piensa. A decir verdad,
las cosas en las que pensamos no las ve ni siquiera el que puede
ver: no son «visibles»” (6).
También la imagen es un elemento expresivo extraordinario
que acompaña al hombre desde su aparición prehistórica
como parte integrante de su naturaleza humana. Desde la pintura
rupestre hasta la tecnología digital, el ser humano ha
utilizado la imagen “imitando” y superando creativa
y artísticamente la realidad. Sin embargo, la omnipresencia
de la televisión en la vida cotidiana y las características
específicas de este lenguaje visual convierten a este
medio en un poderoso modelador casi hegemónico de las
personas.
Porque, como explica Joan Ferrés, “no producen
los mismos efectos sensoriales y mentales las imágenes
y las palabras. La televisión como ejercicio y como exceso
no es sólo negativa desde el punto de vista intelectual
en el sentido de que el que la mira no hace nada o hace menos
que el lector que lee, sino, sobre todo, en el sentido de que
es una actividad radicalmente distinta de la lectura”(7).
Veamos una relación de oposiciones significativas que
el mismo autor nos muestra:
?Del lenguaje verbal se ocupa el pensamiento secundario o lógico
localizado en el hemisferio cerebral izquierdo. La lectura de
la imagen se hace desde el pensamiento primario o asociativo
que funciona desde el hemisferio cerebral derecho.
?Mientras que el lenguaje verbal se expresa desde el discurso
y apela a la razón, la imagen es, sobre todo el reino
del relato y de las emociones.
?Si la palabra se mide por su densidad, la imagen se mide por
su punch, por su capacidad de impacto.
?El lector se enfrenta a un universo abstracto. El telespectador
a un universo concreto.
?El primero se mueve en un universo estático. El segundo
en un universo dinámico: no se trata sólo de que
sean imágenes en movimiento, sino que el espectador,
ante la pantalla, se somete a una hiperestimulación sonora
y visual cada vez más trepidante para mantener su interés,
de modo que esa vorágine de sensaciones acaba por hacerle
aburrido todo aquello que es abstracto y estático (como
la lectura, pero no sólo como la lectura...).
?La descodificación del lenguaje verbal exige complejas
operaciones analíticas. La descodificación de
imágenes es casi inmediata.
?El lenguaje verbal desarrolla habilidades mentales relacionadas
con la concreción, la intuición, la síntesis;
facilita el razonamiento, la fuerte articulación del
pensamiento, la clasificación. La imagen, en cambio es
el reino de la sugerencia, de la emoción, de la intuición.
?La iconicidad televisiva hace que el espectador se enfrente
a signos concretos, cercanos, materiales, gratificadores de
manera inmediata, que dan recompensa sin apenas esfuerzo. El
lector se enfrenta a signos abstractos, alejados de la realidad
material, signos áridos, cuya descodificación
exige complejas operaciones mentales. La gratificación
del texto escrito está en el significado, no en la materialidad
de los signos. El lector se ejercita en la paciencia, porque
se le exige un placer postergado, que se alcanza sólo
a partir del esfuerzo. La lectura exige renunciar a una satisfacción
inmediata por una satisfacción más lejana, mientras
que la imagen tiende a potenciar un sentimiento de inmediatez
e impaciencia. (8)
?Y finalmente una obviedad no por ello menos importante: mientras
vemos televisión no leemos; mientras leemos no vemos
televisión.
¿Lenguaje visual contra lenguaje verbal?
Esta contraposición no sería antagónica
sino complementaria y enriquecedora si la balanza entre el ejercicio
del lenguaje visual y verbal, y por tanto entre el desarrollo
de ambos tipos de pensamiento, estuviera equilibrada. “El
problema surge de la hegemonía casi absoluta de la imagen
desde las edades más tempranas provocando una especie
de sobrecarga sensorial y emocional que afecta a las capacidades
lingüísticas, de razonamiento, de abstracción,
de análisis, de expresión”(9).
En efecto, hoy la imagen está desmesuradamente prestigiada
y parece haber un acuerdo general en que es un vehículo
expresivo más eficaz que el lenguaje verbal, respondiendo
al tópico de que una imagen vale más que mil palabras.
Pero, ¿de verdad una imagen vale más que mil
palabras? Nosotros creemos que quizá sí, pero
“sólo cuando somos capaces de decir mil palabras
sobre ella” (10)
. Mil palabras para poder explicarla y adueñarse de
ella. Para comprenderla y hacerla nuestra. Para poderla pensar
con libertad. Porque la imagen necesita ser explicada, es decir,
verbalizada para arrancarle lo esencial que contiene. De otro
modo, se nos impone como un objeto impenetrable y totalizador
que nos inunda y ante el que sólo podemos sentir y asentir.
Pensemos cómo, sobre todo desde la primera filmografía
soviética y luego desde el cine del nacional socialismo
alemán, se ha descubierto en la imagen el vehículo
ideal para la manipulación de las conciencias; o en cómo
la publicidad ha ido evolucionando desde el uso inicial de la
palabra hacia la utilización de la imagen pura como transmisora
de valores desligados del objeto de consumo que, cada vez con
más frecuencia, desaparece por completo del contexto
visual anunciador.
¿Cuánto tiempo se tarda en explicar verbalmente
todo el material significativo de un spot de TV de 15 segundos?
¿Quiere eso decir que la riqueza de la imagen es mayor
que la del lenguaje? Lo que significa en realidad es que hasta
que podemos explicar el texto visual de un modo verbal, este
nos es de algún modo ajeno porque no lo hemos hecho nuestro.
No somos libres ante el mensaje porque no logramos distanciarnos
críticamente de él hasta que no lo verbalizamos,
o lo que es lo mismo: no podemos criticarlo hasta que lo pensamos
convertido en palabras, en signos portadores de pensamiento.
Ingmar Bergman decía que “la sucesión de
las imágenes opera directamente sobre nuestros sentimientos,
sin tocar el intelecto. La música actúa de igual
forma. Diría que no existe forma de arte que tenga tanto
en común con el cine como la música; ambos influyen
sobre nuestras emociones directamente, no a través del
intelecto. La película es sobre todo ritmo; es una continua
inhalación y exhalación” (citado por G.Michel,
1990, págs. 196 – 197) (12)
En muchos contextos, se habla del concepto de subliminalidad,
como algo no sólo reprobable, sino incluso prohibido
en su utilización publicitaria. Pero ¿no es cierto
que la comunicación visual es casi por naturaleza subliminal
desde el momento en que nuestro pensamiento no puede filtrarla
si no es a partir de un esfuerzo de análisis detenido
y detallado que, por cierto, es bastante incompatible con el
hábito cotidiano de ver televisión?
En todo caso, lo que está claro es que hoy el entorno
comunicativo es, sobre todo, visual. Las imágenes nos
rodean por todas partes y, en cierto modo, asfixian a la palabra.
Pero, además...
Hay otras características de la comunicación
audiovisual televisiva que, aunque no están directamente
contrapuestas al lenguaje verbal, producen un profundo impacto
en los usuarios configurando su pensamiento, no sólo
desde elpunto de vista de las ideas, sino en su misma esencia,
es decir, en su configuración. La televisión es
modelo de valores y más a menudo de contravalores, pero,
sobre todo, es modelo de pensamiento en cuanto que debilita
nuestra capacidad de análisis, de diferenciación,
de reflexión. La sucesión ininterrumpida de imágenes
debilita nuestro pensamiento.
En el libro de Ferrés hay una cita de Federico Fellini
de extraordinario valor viniendo de quien viene. El gran director
de cine explica de este modo el llamado universo electrónico
de la televisión: “es como tener en casa una boca
abierta que lo vomita todo de forma matemática y estúpida.
Es como si la guerra, la religión, todo, Dios incluido,
pasara por una batidora que lo hiciera todo puré: todo
se desintegra en partículas mínimas, destruido
para siempre”(13) Es difícil expresar mejor lo
que supone la exposición a la televisión como
producto cultural. Efectivamente, ante la pantalla contemplamos
¿el mundo? como un conglomerado desordenado y absurdo
de imágenes que lo mismo nos muestran la muerte más
descarnada que el detergente que lava más blanco. La
obligación de las cadenas –igual que en el medio
radiofónico– de impedir el vacío produce
un continuo embotador y aletargante –no olvidemos que
los técnicos denominan “continuidad” a las
cortinillas, anuncios y jingels que unen la sucesión
de programas–. Este río de lava electrónica
que todo lo engulle produce en el espectador la sensación
indiferenciada de que todo es lo mismo. Ya no es todo solamente
relativo, sino que todo es trivial, insignificante en el estricto
sentido del término: nada es importante porque todo tiene
el mismo significado, es decir, no significa nada. O, citando
de nuevo a Farrés: “Es un universo vidriera, una
comunicación que tiene un carácter fragmentario,
mosaico, puzzle..., que se incrementa por la práctica
habitual del zapping... Un universo en el que todo se mezcla,
se confunde y se desordena en una inmensa hormigonera dando
como resultado una masa de trivialidades indiferenciadas y amorales
sin dirección ni sentido con la que nada se puede construir”(14).
Un nuevo tipo de alumno
Si sintetizamos a partir de las reflexiones desgranadas más
arriba, lo que tenemos entre manos es, más o menos, esto:
·Un alumno que no lee porque se pasa el día mirando.
·Un alumno entrenado en la emoción del relato
pero incapaz para enfrentarse a las razones del discurso.
·Un alumno golpeado por el impacto de la imagen y atemorizado
ante la densidad de la palabra.
·Un alumno con un pensamiento primario hipertrófico
y un pensamiento secundario atrófico.
·Un alumno en el que domina lo concreto, con una limitadísima
capacidad de abstracción.
·Un alumno necesitado de movimiento y dinamismo continuo
para huir del aburrimiento, incapaz de soportar la quietud física
del pupitre y el aula, la unicidad de la imagen cotidiana del
profesor y la inmovilidad estática de la letra impresa.
·Un alumno narcisista, ensimismado y satisfecho.
·Un alumno con una moral fragmentaria que de la misma
manera que va saltando de cadena en cadena en busca de lo que
le interesa o atrae, no es fiel en exclusiva a ninguna programación
moral ni creencia religiosa.
·Un alumno materialista que corre siempre detrás
de la última zanahoria del consumo para satisfacer inmediatamente
sus deseos.
·Un alumno, en fin, típico representante del
pensamiento débil: cerrado al análisis, la concreción,
la síntesis y el razonamiento y sólo disponible
ante la sugerencia, la emoción, la intuición y
la pirueta.
¡Qué le vamos a hacer!
Los hay que abogan por la pirueta. Son los adalides de la modernidad
que nos animan a no oponernos a la marcha del progreso –aunque,
como dice Sartori, “lo que progrese sea un cáncer...”-.
Los que bajo el lema de «si no puedes con ella, únete
a ella», afirman alborozados que hay que «meter
la televisión en las aulas». Aquellos que suprimen
horas de matemáticas y de lengua para introducir las
nuevastecnologías y que si pudieran, seguro, sustituirían
la palabra y la presencia del profesor por un portal de Internet.
Luego estamos otros muchos que hemos hecho lo que hemos podido
y que tenemos la sensación de que no hemos conseguido
nada. Que hemos intentado mezclar las razones con las emociones
y hemos acabado resignados diseccionando los programas para
hacerlos más digestivos desterrando a los clásicos
de las lecturas obligatorias, para que los alumnos –pobrecitos–
lean algo, lo que sea, pero lean.
Algunas propuestas pedagógicas
Primera. Revisar nuestra propia relación de educadores
con el medio audiovisual y con el texto verbal. Es imprescindible
que en esto tengamos la valentía de reconocer nuestras
debilidades ante la pasividad del televisor para después
corregirla de veras, si queremos tener alguna eficacia en la
mejora de nuestros alumnos. No se puede entender hasta qué
punto es liberador para el pensamiento el control de nuestros
hábitos audiovisuales hasta que no lo hemos experimentado
por nosotros mismos. No se puede animar a la lectura si no es
desde el propio amor por ella.
Segunda. Por supuesto que hay que meter la televisión
en las aulas, pero no para ver más televisión
en ellas, sino para verbalizarla, para analizarla, para alfabetizar
a los alumnos en un lenguaje en el que están inmersos,
pero del que desconocen sus complejos mecanismos expresivos.
Piénsese, además, que el analfabetismo audiovisual
–es decir, el desconocimiento de los mecanismos de construcción
y expresión de los medios- es más peligroso que
el verbal porque “el analfabeto verbal es consciente de
su limitación. No podrá acceder a la información
escrita, pero tampoco podrá ser manipulado por ella.
El analfabeto audiovisual, en cambio, será presa fácil
de la manipulación audiovisual, porque accederá
a los mensajes sin capacidad de análisis y, al mismo
tiempo, sin una actitud de defensa , de control” (13).
Y no sólo es necesaria esa alfabetización en
el sentido de desvelar los mecanismos expresivos de la imagen,
su sintaxis y sus signos, sino también y sobre todo desarrollar
un extenso, continuo e interdisciplinar estudio del universo
mediático, desde todos los puntos de vista posibles,
sin olvidar, por supuesto su vertiente económica, ideológica
o política. Si no es así, ¿qué clase
de absurdo pedagógico es el que planteamos desde los
proyectos educativos de los centros ante unos alumnos que pasan
más tiempo anual delante del televisor que en clase?
(14)
Tercera. Enfocar el problema de la lectura -y el de la imagen-
más allá del ámbito departamental, como
un asunto de Centro que implique a todos los niveles –desde
Educación Infantil a Bachillerato o F.P.–, a todos
los departamentos y también , fundamentalmente y sobre
todo, a las familias.
Hacer llegar a estas el mensaje razonado de que la contemplación
continua de imágenes a través de las pantallas
no es algo en sí mismo enriquecedor –muchas lo
creen–, ni siquiera inocuo, sino que conlleva un riesgo
para el aprendizaje escolar no sólo desde el punto de
vista de los contenidos y los valores sino, como se ha visto,
desde la compleja relación con los medios.
Cuarta. Ser fuertes: no rebajemos los niveles. Tiremos de los
alumnos hacia arriba con energía y entusiasmo. Pensemos
que los centros son para muchos la única referencia verbal
de entidad que compite con el mundo de la imagen. Es imprescindible,
pues, que opongamos a su influencia en cada alumno no sólo
información, sino la edificación de un sólido
entramado intelectual y humano.
Notas
(1) J. Boza, ¿Qué Pasa, con la tele? Algunas
ideas para pensar la TV, aTRa, Consejo Asesor de RTVE en Aragón,
Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2000
(2) Neil Postman, Amusing Ourselves to Death, Public Discourse
in the Age of Show Business, Pinguin Books, New York, 1986 p.
vii,viii.,
(3) M. McLuhan, El medio es el masaje, Paidós,1987,
pág. 22.
(4) Maragall, J., Elogios, Edimar, S.A. Barcelona, 1912, pág.
73
(5) Homo Videns, la sociedad teledirigida , Taurus, Madrid,
1998, págs. 23 y 24.
(6) Ibid. Pág. 25
(7) Joan Ferrés, Televisión Subliminal, socialización
mediante comunicaciones inadvertidas, Paidós, Barcelona,
3ª, 1997) En el capítulo 11, se encuentra bien desarrollada
esa oposición entre el ejercicio de la lectura contrapuesto
a la mirada de la que hemos extraído la nuestra. A dicha
obra pertenecen esta y las citas siguientes. (págs. 285-305)
(8) Ibid.
(9) Ibid.
(10) Vid. J. Boza, Op. Cit.
(11) Joan Ferrés, op.cit.
(12)Federico Fellini en “El fulgor de un monstruo”,
Fotogramas & Vídeo, n.1722, sep. de 1986. pág.39.
Citado por Joan Ferrés, op.,cit., pág. 294.
(13) Ibid.
(14) J. Boza, ,op., cit.
|