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Recientemente, todos
los medios de comunicación social se hacían eco
del desagradable incidente protagonizado por dos niños
de 11 y 13 años, quienes remendando lo que bien podría
ser una escena de la película Rambo disparaban contra
sus compañeros de clase, cobrándose cinco víctimas
mortales.
Tres días después, la sociedad americana continúa
justificando el uso de armas, informando al mundo del descubrimiento
de un “chip prodigioso”, uno más, que al
parecer identifica las huellas dactilares del dueño del
arma en la culata, lo que impediría que los niños
puedan utilizar ese arma, pero no otra de similares características.
Bien podría parecer que cerraremos esta década
como la de los “chips lavadores de conciencia”,
al disponer de diferentes chips que limitan el acceso a algunos
números telefónicos, a internet, a determinados
programas de televisión y, ahora finalmente, a la utilización
de armas.
Al mismo tiempo que conocíamos la violencia desatada
en el colegio de Arkansas, ocurrían hechos similares
en otras latitudes. En Uruguay, un niño amenazaba con
una pistola a los compañeros de escuela; aunque como
no hubo víctimas mortales, la noticia no tuvo carácter
internacional. Mientras, en Francia, un muchacho de 18 años
mataba a un compañero de un disparo en la cabeza en el
mismo aula; las autoridades francesas insistieron en que se
trataba de un hecho aislado que no debía preocupar en
exceso. En España, un hombre disparaba con una escopeta
de caza a los viandantes, desde un balcón, sembrando
el pánico entre los vecinos y ocupando primera plana
en los espacios informativos.
Llegados a este punto, deberíamos preguntarnos, una
vez más, si realmente los más pequeños
saben diferenciar entre la realidad y la ficción cuando
ven escenas violentas en televisión. La mayoría
de los expertos coinciden en que, para los más pequeños,
las escenas que ven en televisión podrían parecer
reales, por lo que en la mayoría de países, incluido
el nuestro, se tiende a debatir sobre la protección del
menor, en cuanto a los contenidos, y horarios de los programas
de televisión, construyendo incluso convenios y rubricando
códigos éticos que, después de un espacio
cada vez más corto de tiempo, dejan de cumplirse.
Para darnos cuenta de que no se cumplen las normas legales,
sólo hemos de observar el contenido de la mayoría
de los dibujos animados y de los avances de las películas
que se emitirán en horario nocturno, y todo ello sin
nombrar la falta de criterio de los responsables de la programación,
que se hace cada vez más patente, al emitir en horario
infantil de tarde películas del estilo de Rambo, Cobra
o Viernes 13. Pero, a pesar de todo, sabemos que se trata de
una violencia ficticia, como la de los juegos de ordenador,
y bien podríamos enseñar a los niños a
ver televisión con capacidad crítica. Pero…
¿qué podemos hacer ante la violencia real que
vemos diariamente en programas como Impacto TV, que se emiten
a las nueve de la noche, siendo claros líderes de audiencia
entre los niños y jóvenes?
Si a todo esto añadimos que el 30% de los menores españoles
de 4 a 12 años ven la televisión a las once de
la noche, y que el 60% de los programas tienen algún
contenido violento, con el agravante de que la mayoría
no muestra el dolor que lleva consigo el acto violento, entiendo
obligado el hecho de que la sociedad se haga responsable de
la violencia que se genera entre nuestros niños y jóvenes.
Seamos realistas: el problema no se solucionará con
los “chips prodigiosos” de los americanos que todo
lo limitan, a no ser que se invente el chip que pudiera “limitar”
la creación de escenas violentas dirigidas a los más
pequeños. Lo primero que debemos hacer es asumir que
el problema existe y que las causas directas se derivan de nuestra
actitud, un tanto parecida a la de la avestruz.
Hagamos frente al problema y abramos un debate social que se
centre no sólo en la responsabilidad de la televisión
y otros medios de comunicación social, sino también
en el núcleo de la escuela y en el propio seno familiar,
recordando una vez más que la prohibición y limitación
a nuestros pequeños no es el mejor camino hacia un mundo
sin violencia, y que la educación es la mejor forma de
hablar de prevención.
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