Me propongo añadir ideas rectoras, menos
universales, aplicables de forma exclusiva o predominante a las primeras
etapas del crecimiento de nuestros hijos. Tampoco en este caso aspiro
a ser exhaustivo. Pretendo tan solo «iluminar» con algunos
breves fogonazos —casi a modo de estrellas fugaces— la
actitud más conveniente con los chicos durante sus años
inaugurales, desde el nacimiento hasta la adolescencia.
Comencemos, pues, distinguiendo tres fases en el desarrollo infantil:
I. Hasta la escolarización
• En el seno materno
Como han demostrado las técnicas más avanzadas, la educación
del niño comienza incluso antes de su nacimiento. Ya en el
útero percibe y resulta influido por los estados de ánimo
de la madre: sobre todo por el cariño con que lo acoge o, si
fuera el caso, por la ansiedad o incluso el rechazo que su gestación
provoca. En consecuencia, los meses que vive en el seno materno son
bastante decisivos para el despliegue de su carácter y personalidad.
Y, como insinuaba, lo que marca «la diferencia» es la
serenidad y el gozo de la madre, influidos a su vez, y en ocasiones
determinados, por la actitud del padre hacia su futuro hijo y por
la delicadeza y el mimo con que trata a su esposa: los detalles de
cariño más allá de lo habitual; el esfuerzo con
que facilita su reposo, supliéndola si es preciso en tareas
que de ordinario realiza ella; la comprensión y el apoyo incondicional
ante las preocupaciones que, sobre todo las primeras veces, provoca
el embarazo; los ratos tranquilos de reposada conversación
e intercambio de opiniones; los «sueños» y «novelas»
que forjan sobre el hijo que va a venir…
• Llantos y rabietas
Hacia los nueve meses de haber sido procreado, una vez que ve la luz
del mundo, conviene prevenirse ante un miedo excesivo a que el niño
llore; no es necesario cogerlo inmediatamente en brazos y acunarlo.
El llanto es parte de su lenguaje y hay que aprender a interpretarlo
a tenor de las circunstancias. Puede tratarse de malestar, hambre
o de incomodidad; pero también de impaciencia, de melancolía,
de rabia o de capricho.
En este caso, aun cuando resulte muy difícil de aplicar, está
vigente de un modo especialísimo la que puede considerarse
como primera y más fundamental norma de toda educación:
el bien del hijo es mucho más importante y debe ser tenido
más en cuenta que el nuestro: que nuestra tranquilidad, que
nuestra «buena conciencia», que la sensación de
«estarlo haciendo bien» y poniendo todos los medios a
nuestro alcance, que el hecho de evitarnos un mal rato…
Aplicado al caso concreto que acabo de mencionar, y con la prudencia
que la situación exige, el «saber aguantar» durante
algunos días el llanto del chiquillo, aunque sintamos que se
nos parte el corazón, puede constituir uno de los bienes de
más calibre que le otorgamos en esos primeros años:
a) porque el pequeño, al advertir — ¡y lo advierte,
aunque nos resulte difícil de creer!— que los padres
no los toman en cuenta cuando no tienen un motivo justificado, eliminará
esos lloros… saliendo él mismo a corto plazo beneficiado;
y
b) porque los padres, liberados de las tensiones que esa excesiva
atención genera, mantendrán la imprescindible y reconfortante
calma y estarán más descansados y en mejores condiciones
de transmitir al recién nacido esa misma tranquilidad y de
atenderlo con paz y eficacia cuando verdaderamente lo requiera.
• Dejarle hacer… y crecer
A medida que se va abriendo al mundo, el niño experimenta una
apremiante necesidad de moverse, de probar, de explorar, de comunicar.
Esto reclama de los padres no poca paciencia. Sin duda, para la madre,
es más cómodo y menos «arriesgado» darle
de comer, lavarlo, vestirlo...; pero entonces, en lugar de desarrollar
el espíritu de iniciativa y la autonomía del pequeño,
disminuye su autoestima, favorece su pereza, e incluso puede provocar
la denominada oposición negativa: irritación, agresividad,
o bien inseguridad, abulia, rechazo a crecer...: el niño está
recibiendo el mensaje de que «no es capaz» de realizar
unas acciones que realmente sí puede —¡y debe!—
llevar a cabo por sí mismo.
En definitiva, los educadores han de saber adaptarse un tanto para
que florezcan en el niño el gusto y la alegría de sentirse
activo y útil. Lo cual constituye otro de los principios más
radicales de la educación… también muy difícil
de poner por obra, y que cabría enunciar así: lo que
la persona que intentamos formar pueda hacer por sus propios medios,
debemos permitir (o incluso exigir) que lo realice… aun cuando
eso lleve consigo una cierta zozobra por nuestra parte, ante la inseguridad
del resultado o incluso el descalabro que pueda originar; una aparente
pérdida de tiempo, puesto que nosotros lo haríamos antes
y mejor; un mayor esfuerzo, ya que resulta mucho más penoso
—¡pero también más formativo!— enseñar
a realizar algo («hacer hacer») que efectuarlo uno mismo,
etc.
Solo ofreciendo «oportunidades de desarrollo» ponemos
a nuestros hijos en condiciones de que efectivamente crezcan…
y experimenten el sano orgullo de que no «están de sobra»,
sino que tienen una función en este mundo.
• Para superar el egoísmo
Es también tarea de los padres ayudar al niño a ir saliendo
de su natural egocentrismo. A veces deberán soportar sus insistentes
peticiones y retrasar el cumplimiento de lo que desee. De lo contrario,
si ceden de inmediato a sus caprichos lo estarán preparando
para una «insatisfacción crónica» de por
vida.
Hoy en día no es infrecuente que los padres, muy ocupados por
otros menesteres, «sustituyan» la atención personal
a sus hijos por regalos y concesiones, anticipándose incluso
a que ellos los soliciten. De esta suerte, en lugar de transmitirles
la convicción de que son unos privilegiados y deben estar agradecidos
porque, además de la vida, han recibido y reciben de continuo
y gratuitamente muchos bienes de los que otros tantos niños
carecen, creamos en ellos el convencimiento de que «tienen derecho
a todo».
Y, así, no solo los transformamos en unos déspotas o
pequeños tiranos, sino que cuando, con el correr del tiempo,
les sean negados justamente privilegios o beneficios que en realidad
no merecen, se sentirán tremendamente frustrados e incluso
albergarán una especie de resentimiento universal ante esa
sociedad que les niega sus «derechos». ¡Y no digamos
nada si llegan a ser objeto de alguna auténtica injusticia…!
Otorgar al niño cuando es pequeño todos sus antojos,
no enseñarle a privarse incluso de lo que a veces le es necesario,
equivale a destinarlo a un futuro de continuo desengaño, de
infelicidad e incluso de depresión inducida.
• Fomentar su justa independencia
En los primeros años, la relación madre-hijo es un idilio
de ternura, absolutamente imprescindible también para el bebé.
Son ya muchos los experimentos que prueban que los niños que
crecen al amparo de sus madres, incluso en situaciones límite
como podría ser una prisión, se desarrollan mejor desde
el punto de vista físico y psíquico que aquellos otros
atendidos por especialistas en las mejores condiciones materiales…
pero privados del calor y la ternura que solo una madre puede aportar.
Sin embargo, a medida que el niño crece también la relación
debe cambiar: con el paso del tiempo la madre ha de modular su insaciable
deseo de mimos, besos y caricias... y nunca, si se diera el caso,
intentar sustituir las injustísimas desatenciones de un marido
rutinario y apoltronado por las del hijo: el amor a este solo puede
ejercer plenamente sus funciones beneficiosas cuando es el resultado
y la prolongación del que los padres se tienen entre sí.
Por otro lado, si no sabe controlarse, la madre puede hacer que más
tarde sus hijos se sientan insuficientemente queridos, pues las carantoñas
que de críos les satisfacían ahora les resultan incluso
molestas. Y que desarrollen a su respecto una actitud ambigua, pero
siempre negativa:
a) por un lado, no son capaces de separarse de ella y valerse por
sí mismos; y
b), por otro, al percibir que le resultan indispensables, la tiranizan
y la maltratan.
II. Los primeros años de la escuela
• «Ya voy a la guardería»
La entrada en el colegio o la guardería puede representar un
momento delicado en la vida del niño y repercutir sobre el
futuro rendimiento escolar. No es raro que los padres vivan el comienzo
de las clases del chico con ilusionada satisfacción, como el
inicio de una gran carrera (y a veces como una «liberación»
de los cuidados del niño, que les roba parte de su tiempo).
Pero el chiquillo tal vez la vivencie como la salida de su incontrastado
reino infantil. La consecuencia puede ser un rechazo claro e inconsciente,
que en ocasiones se manifiesta en aparente retraso o en concretas
incapacidades escolares.
Los padres han de saber conjugar con prudencia el incremento de las
atenciones al chico, que en ningún caso debe sentir que ha
sido abandonado, y la fortaleza para hacerle comprender que inicia
una nueva etapa y para que la viva con todas sus consecuencias, evitando
las concesiones indulgentes («hoy hace frío, mejor que
no vayas a la escuela», «la profesora no te trata bien»,
«tus compañeros son malos»…), que nacen de
una malentendida compasión y ningún bien originan al
chiquillo.
• Compartir sus experiencias
En cualquier caso, es oportuno hablar a los niños del colegio
o del jardín de infancia antes de que comiencen a asistir a
él, pero sin el exceso de énfasis que lo convertiría
en un suceso de vital importancia… incrementando las repercusiones
negativas que a veces (¡no es necesario que ocurra!) ese cambio
puede provocar.
Más bien, con picardía y mano izquierda, habría
que lograr que los críos lo deseen como una fuente de satisfacciones
y de intereses y nuevos logros: conocer a futuros amigos, aprender
cosas que hasta el momento no sabían, desarrollar habilidades
antes inexistentes, empezar a «ser mayores» porque ya
son capaces de valerse por sí…
Salta a la vista el error de utilizar la escuela como advertencia
correctiva, diciendo por ejemplo, « ¡Me gustaría
verte cuando estés en el colegio, entonces sí que te
harán portarte como debes!». No solo se haría
muy difícil que los chicos sintieran atracción hacia
aquello que aún desconocen, sino que los padres que así
razonan estarían minando de raíz su propia autoridad
y ascendencia.
• No dejar de ser padres
Resulta muy conveniente conocer el colegio de nuestros hijos junto
a ellos y acompañarles en las emociones que experimentan. Asimismo
es importante, dentro de las posibilidades de cada familia, escoger
bien el centro educativo. Entre los criterios de elección,
hoy más que nunca resulta vital la existencia de un clima lo
más recto (y cristiano) posible, propicio para el desarrollo
humano y espiritual de los chicos: pero sin olvidar jamás que
ni siquiera el mejor de los colegios exime a los padres de su compromiso
y actuación educativa: conocer bien a sus hijos, tratarlos,
orientarlos o re-orientarlos...
De hecho, uno de los factores que mayor daño está causando
en las nuevas generaciones es la actitud combinada de:
a) unos padres que, con más o menos conciencia y voluntariedad
(y de ordinario por dejadez presuntamente «justificada»
por la falta de tiempo), reniegan de su condición de educadores
natos e insustituibles, siempre responsables del desarrollo de sus
hijos; y
b) ciertos gobiernos que se arrogan el derecho de educar como algo
propio —no delegado de los padres—, y manipulan la educación
con fines de partido… a veces en oposición neta a los
ideales y convicciones de las familias que les han encomendado a sus
hijos, incluso en temas —como la educación religiosa
o de la sexualidad— de exclusiva competencia paterno-materna.
• Mostrarse disponibles
También en esta etapa, para conocer bien al niño, además
de observarlo, hay que conversar con él, lo cual implica auténtica
y no fingida disponibilidad… aunque esto implique un recorte
de nuestros caprichos, de nuestro merecido descanso, o incluso de
nuestro trabajo (no, sin embargo, salvo en situaciones muy excepcionales,
de la atención debida al otro cónyuge… que acabaría
por repercutir negativamente en el propio niño).
No será tiempo perdido que la madre ¡y el padre! dediquen
de vez en cuando un rato por las noches a hablar con el hijo una vez
acostado. A menudo, estos momentos favorecen la confidencia. Escuchad
sus preguntas, acaso inesperadas, sin nerviosismos o deseos de superar
cuanto antes el mal trago. Intentad responder con gracia y pertinencia,
aprovechando la ocasión para reforzar el nexo afectivo que
lo anime más tarde, cuando se presenten dificultades y problemas
mayores, a dirigirse a vosotros con confianza. O simplemente cantad
juntos, contaos chistes y divertíos, pues el clima de alegría
y buen humor es una de las claves más determinantes en la educación
y en la buena marcha de cualquier familia.
• La tele y otros «intrusos»
Una vez en este punto, no cabe olvidar un personaje importante de
la «familia», de enorme incidencia educativa: la televisión
y todos sus «derivados o sucesores», como el ordenador,
Internet, las videoconsolas…
Personajes que nos invaden, que ejercen una fuerte sugestión
y tienden a aislar al espectador, provocando incluso enfermedades
psíquicas ya bien comprobadas y, en cualquier caso, alejándolo
de la realidad concreta en que de hecho se mueve.
Multitud de estudios ponen de manifiesto los daños causados
por el excesivo protagonismo de la televisión, en especial
entre los niños. Son corrientes las quejas de los padres ante
el influjo negativo que estos y otros medios, que las modas y los
usos sociales… ejercen sobre sus hijos. Sin embargo, habría
que tener en cuenta una «ley» casi física: el ambiente
exterior «entrará» en el hogar en la proporción
exacta en que nosotros lo dejemos vacío; por el contrario,
si sabemos llenar nuestra vida de familia, resulta prácticamente
imposible que en ella «se cuele» nada inconveniente, por
la sencilla razón de que no quedará espacio libre…
De ahí que los padres, sabiendo aprovechar también cuanto
de positivo ofrece la nueva tecnología, deban en primer término
llenar el hogar no sólo de cariño, sino de actividades
mucho más provechosas, atrayentes y educativas que las que
nos ofrecen de ordinario esos otros medios: excursiones en común,
tertulias amenas y formativas, «clubes» de papiroflexia,
de juegos de manos, de lectura o teatro, juegos entre los hermanos
o con sus amigos… y un largo etcétera, que depende de
las habilidades y aficiones de cada cual.
Claro que todo ello requiere esfuerzo y dedicación por parte
de los padres, mientras que instalar a los chicos delante de la tele
o la videoconsola los deja en libertad para dedicarse a sus cosas…
o para instalarse también ellos delante de la caja boba o del
ordenador.
Por eso, y porque la atracción de tales medios es muy fuerte,
los padres —además de dar ejemplo de sobriedad en su
uso— han de ejercitar una cierta disciplina y vigilancia, evitando
sobre todo que los breves momentos de vida familiar de las comidas
sean sacrificados al pequeño ídolo de la televisión,
eligiendo los programas más convenientes y estableciendo un
horario o alguna otra regla práctica para la utilización
de la tele y aparatos similares.
Por otro lado, a medida que los hijos crezcan, les ayudará
el cultivar su sentido crítico, su sensibilidad ética
y su buen gusto, hablando juntos de los programas, juzgándolos
y seleccionándolos mediante un intercambio de ideas que, en
lugar de sustituirlo, estimule el diálogo familiar.
III. La adolescencia
• ¡Llegó el momento tan temido!
El día en que el niño más afectuoso, bueno y
simpático se torne arisco, rebelde, insolente, contradictorio
e insoportable, no hay ni que asustarse ni que preguntarle por qué
actúa de ese modo, ni que llevarlo al médico. Simplemente
hay que caer en la cuenta de que ha entrado en la pubertad, edad ciertamente
crítica... «sobre todo para los padres».
Digo esto con cierta ironía, pero con total convencimiento.
El hecho de que en mi hogar haya habido hasta siete adolescente —¡seis
de ellos simultáneos!—, junto con la observación
de lo que ocurre en familias amigas, me ha conducido a advertir con
claridad que, por decirlo de manera un tanto paradójica, la
adolescencia está «pensada» sobre todo para que
los padres maduremos, crezcamos como personas y, en definitiva, avancemos
en el camino de la santidad, más fiados en Dios que en nuestras
propias fuerzas.
Sobre todo cuando, en buena parte como fruto de nuestro empeño,
los hijos han llevado una vida que nuestros amigos califican como
«ejemplar», el ver que al llegar a cierto tramo del camino
parece que «se nos van de las manos» y empiezan a adoptar
actitudes que no son de nuestro gusto, constituye un medio eficacísimo
para «devolvernos a nuestro sitio»: sobre todo, para descubrir
de veras —y no solo en teoría— que es Dios el auténtico
forjador de su carácter y para abandonarnos en Sus manos, sabiendo
que Él los quiere mucho más y mejor que cualquiera de
nosotros.
Aclarado lo cual, hay que reconocer que la adolescencia acarrea también
problemas al chico y a la chica. Pero tal vez convenga tener en cuenta
que, para ellos, está llena de fascinación, además
que de malestar y molestias; de expectativas, además que de
inseguridades; de sueños, además que de temores…
En cualquier caso, cuidémonos mucho de olvidar que todos los
chicos y las chicas tienen derecho a llegar a ese periodo y «navegar
y naufragar» durante un tiempo en él… como asimismo
hemos llegado —y hemos salido— cada uno de nosotros.
• Un periodo de crecimiento
La transformación de esos años es a la vez fisiológica
y espiritual. En esa edad se cae en la cuenta de ser «persona»,
dotada de vida interior; se descubre y se escruta la propia intimidad
con la fascinación y el temor con que se explora un territorio
nuevo, que además nos pertenece por completo. De aquí
la extrema atención del adolescente hacia su «yo»
que puede parecer egoísmo y narcisismo.
Todo lo cual, con independencia de los inconvenientes que de ordinario
lleva aparejados, es fundamentalmente positivo. Como veremos de inmediato,
el chico o la chica están alcanzando por ver primera, en el
ámbito psicológico y ético, la estricta condición
de persona… aun cuando de un modo todavía muy imperfecto
y repleto de zozobras y ambigüedades.
Vale la pena no perder de vista esta perspectiva, lo mismo que el
carácter normalmente pasajero de esta etapa, si queremos eliminar
dramatizaciones que solo conseguirán hacer más oscura
y dolorosa la senda que nuestros hijos están transitando.
• Dejando de ser niños… para comenzar a ser «otra
cosa»
Por lo común, la adolescencia comienza a los once o doce años
para las chicas, y uno o dos años más tarde para los
chicos, y dura de dos a cuatro años. Aunque en la actualidad,
y sobre todo en algunos lugares, tiende a adelantar su comienzo…
y a retrasar su término, hasta el punto de que se han vuelto
comunes expresiones como «eternos adolescentes», padres
y madres… o incluso abuelos que no han abandonado esa condición.
De ordinario, según apunté, se trata de una crisis de
crecimiento y emancipación: todo en el adolescente le impulsa
a no seguir siendo ese niño que hasta ahora los suyos conocían,
pero tampoco desea ser un adulto según los modelos que tiene
frente a él: rechaza ser como se querría que llegara
a ser, y teme transformarse en un ideal que de hecho anhela al tiempo
que desconoce. Por eso intenta, antes que nada, «no ser».
De ahí el espíritu de contradicción, que es en
el fondo la única posible forma provisional de ser algo completamente
nuevo… que no sabe bien qué es. Por eso el adolescente
puede rechazar de los adultos hasta las más mínimas
observaciones, consejos, peticiones de información sobre sus
actividades, juicios sobre su comportamiento: en todo siente la amenaza
de ser definido y él querría ser indefinible.
• … y acabar siendo ellos mismos
Existe, sin embargo, otra razón de fondo y tremendamente positiva
para ese repudio universal. Hasta el momento, con los matices pertinentes,
el chico o la chica se han guiado por lo criterios paterno-maternos
o, en todo caso, exteriores a ellos.
Mas obsérvese bien: el único modo de que tales normas
lleguen a ser propias —cosa del todo necesaria para una existencia
adulta y responsable— es recusar por completo todo aquello que
se considera ajeno e impuesto, para construir y apropiarse su personal
escala de valores.
Por lo común, si desde el nacimiento hasta el momento de la
crisis la educación del chico ha sido la adecuada, si ha habido
diálogo e interés real por parte de los padres, si se
ha huido de la imposición arbitraria y razonado los motivos
de cada comportamiento… el joven acabará adoptando como
propias —en el más hondo sentido de la expresión—
unas directrices similares a las de su familia, aunque mucho más
maduras.
De lo contrario, resulta difícil prever en qué puede
desembocar todo el proceso. De ahí que convenga prestar atención
a dos verdades muy serias, pero que expresaré con un toque
de humor:
a) ningún hijo «nace» adolescente; tenemos al menos
diez años antes de la etapa temida para ganarnos su amistad
y poner las bases de una personalidad sana y coherente;
b) en los tiempos que corren, ningún padre debería preocuparse
gravemente por un hijo hasta que, pasada la barrera de los cuarenta,
aún no hubiera sentado cabeza.
• ¿Contradictorios e incomprensibles?
Dando un buen salto atrás, la edad fronteriza de la adolescencia
suele ir acompañada de un humor inestable y de irritabilidad:
casi ningún adolescente se encuentra a gusto, antes que nada,
con la persona que le resulta más cercana e inevitable: él
mismo.
Por otro lado, las manifestaciones externas de cariño por parte
de los mayores parecen molestar al adolescente, que se siente tratado
como un crío, pero al mismo tiempo es muy susceptible respecto
a cualquier falta de atención o muestra de indiferencia: casi
sin advertirlo, proyecta sobre la actitud de los adultos el concepto
empobrecido y ambiguo que tiene de sí mismo.
En su pretensión de ser esa persona mayor que aún ignora,
se defiende de la propia sensibilidad y de la necesidad de ternura
ostentando dureza y cinismo.
Ya no es la edad de las grandes amistades, sino del grupo: parece
que solo en él, entre sus semejantes, interpretando todos el
mismo papel con tácita complicidad, se siente seguro.
• Lo que podemos hacer
a) Crecer nosotros mismos. Una vez que se toma conciencia de todo
esto, ¿cómo comportarse con un adolescente para poder
vivir juntos y ayudarle?
Ante todo con mucha más madurez que él. Como aplicación
muy concreta de lo que antes sostenía —que la adolescencia
está pensada más que nada para los padres—, cuando
el muchacho o la muchacha cambia nosotros no podemos quedarnos atrás:
debemos cambiar con ellos, pegar un auténtico estirón,
dar un salto de calidad.
Si el adolescente ya no quiere salir con nosotros, si comienza a mostrarse
cerrado y molesto, es menester que nuestra presencia se haga más
discreta y, sobre todo, evitar cualquier reproche por no ser ya cariñoso
o simpático… «¡cómo cuando eras más
pequeño!».
Habrá que estar atentos y tener detalles con él, pero
sin hacerlos pesar ni darle nunca la impresión de que se le
vigila o se está mendigando su cariño. Es normal que
no venga a mostrarnos su intimidad. De nada sirve decirle que se abra,
que la madre o el padre son sus mejores amigos. Habrá que buscar
las ocasiones de diálogo y de confidencia —habitualmente
muy breves, circunstanciales y esporádicas— pero sin
jamás forzarlas.
b) Y ayudarles a crecer. El justo deseo de autonomía que se
desarrolla en el adolescente debe ser bien apreciado y favorecido,
sin demasiado miedo, aunque también sin confundir autonomía
con ausencia de lazos.
Para él es importante sentir que goza de nuestra confianza,
que se le estima. Los padres, por otro lado, no han de presuponer
en su comportamiento una intención malévola que en realidad
no existe, siendo más bien fruto del mismo desconcierto del
chico.
De ordinario, no es oportuno suprimir las causas de su inseguridad
o de sus preocupaciones, resolviéndole nosotros sus problemas.
A menudo una ayuda no necesaria significa de hecho una limitación
y una humillación para quien la recibe. El resultado sería
un aumento de su ambivalente y nunca voluntariamente manifestada sensación
de insuficiencia, que le impediría aprender por medio de su
experiencia personal. Por eso, cuando se estime oportuno proporcionarle
un apoyo extra, es bueno que él busque junto con vosotros la
solución y se sienta responsable de lo decidido.
Actuando de esta forma, la adolescencia, en la que no cabe evitar
sobresaltos y turbulencias, podría muy bien transcurrir sin
esos «visos dramáticos» que a menudo la acompañan…
y culminar con una maduración nada traumática y bastante
definitiva del chico o de la chica.
(Consideraciones complementarias respecto a este artículo
pueden encontrarse en el libro T. Melendo, L. Millán-Puelles,
Asegurar el amor, Rialp, Madrid)
Tomás Melendo
tmelendo@masterenfamilias.com