Es este el último de una
trilogía de artículos dedicados a la educación
de los hijos. En el primero propuse una serie de principios para iluminar,
desde el fondo, la labor formadora de los padres. El siguiente mostraba
algunas actitudes particulares que deben adoptarse en distintos casos,
a tenor de la edad de los chicos: desde el momento del nacimiento, e
incluso antes, hasta que entran en la adolescencia. Ahora pretendo ofrecer
un conjunto de sugerencias más particulares, que pueden muy bien
resumir y concretar lo ya expuesto.
Como no son «recetas» —pues no las hay en educación—,
resultaría inútil pretender «aplicarlas tal cual,
mecánicamente». De ordinario, deben ser adaptadas a la
situación de que se trate; en ciertas ocasiones, atendiendo a
unas circunstancias particulares, incluso será preferible ponerlas
en sordina; y alguna vez, muy pocas, atreverse a contradecirlas.
Lo ha de dictar, en cada caso, la prudencia de los padres... tal vez
a la luz de los fundamentos contenidos en el primero de estos tres artículos.
Las propuestas se articulan en dos grupos muy sencillos:
a) lo que es oportuno hacer a la hora de educar a nuestros hijos;
b) lo que no debe decirse, no tanto por la expresión en sí,
sino por la actitud que manifiesta en los padres y los hijos perciben
desde muy pequeños, y por el daño que a estos pudiera
causarle.
A) Lo que conviene hacer
1. Vivir personalmente, con coherencia, cuanto se exige a los hijos,
recordando que el ejemplo es el mejor predicador; o, al menos, luchar
clara y visiblemente por actuar de tal modo.
Así, pongamos por caso, conviene ir por delante en la moderación
del uso de la TV; en no hablar nunca mal del prójimo y saber
cortar cualquier conversación que tome ese rumbo; en la sinceridad:
por ejemplo, no pidiendo que digan que no estamos en casa cuando simplemente
no tenemos ganas de ponernos al teléfono; en el orden, sin
sentirnos liberados —por nuestra edad y condición de
padres— de arreglar nuestros enseres y contribuir a la armonía
del hogar; en la puntualidad, acudiendo de inmediato, entre otras
circunstancias, cuando se nos avisa que el almuerzo o la cena están
a punto; en afrontar las dificultades con buen humor y una sonrisa;
en valorar y exponer el sentido del trabajo, sabiendo destacar cuanto
en él hay de positivo y silenciando, si fuere necesario, las
dificultades, las «zancadillas», el mal talante de nuestro
jefe o de nuestros compañeros…
2. Favorecer el prestigio del otro cónyuge, ayudando a los
hijos a descubrir sus virtudes, y evitar el contradecirlo o reprocharle
algo en presencia de los niños. Si os han visto pelearos, que
os vean también reconciliaros.
Y, cuando las hijas adquieran la edad conveniente, que el padre les
muestre la grandeza de la madre «como mujer y esposa»,
igual que la madre a los hijos varones en relación a su marido
«como esposo y como varón».
3. Encontrar las ocasiones para jugar y conversar con los hijos, para
interesarse realmente por sus cosas, que nunca son para ellos poco
importantes, aun cuando a veces esto signifique renunciar a la propia
tranquilidad o sacrificar un poco del tiempo que podría dedicarse
a la profesión o al descanso.
4. Conceder a los hijos —de manera progresiva, según
la edad, pero desde el fondo del corazón— toda vuestra
confianza, arriesgándoos sin dudarlo a que alguna vez os «engañen».
5. Tener también fe en la capacidad del niño o de la
niña para luchar por superar sus defectos, comprometiéndonos
personalmente en ese combate… hasta sufrir con sus derrotas,
si llegare el caso.
Por eso, cuando el hijo caiga una vez más en alguno de esos
defectos, comprenderlo efectivamente, ayudarlo con palabras de ánimo
después de rehacernos nosotros mismos si fuera preciso, y no
limitarse a echarle en cara su debilidad.
En definitiva, mostrar que seguimos confiando plenamente en ellos
y que estamos dispuestos a comenzar de nuevo la lucha con moral de
victoria.
6. Favorecer el espíritu de iniciativa del niño desde
muy pronto y dejar que haga las cosas por sí mismo —que
inicialmente resulta más costoso que hacerlas nosotros—,
asumiendo con espíritu deportivo las molestias complementarias
que tal actitud pudiera originar.
7. No ceder a los caprichos de los críos, por más que
se emperren en ellos, sino esperar serenamente a que pasen sus rabietas.
Dejarles muy claro, de este modo, que no tienen derecho a esos antojos.
8. Cuando sea menester, aunque no resulte fácil, saber decir
que no... Y mantenerse en él; pero explicar las causas de esas
negativas y no exagerarlas, multiplicándolas inútilmente.
(Recordar, a estos efectos, que cada persona tiene su propio camino
de perfeccionamiento y que no debemos imponer a nuestros hijos las
propias preferencias).
9. Ejercer la autoridad, que no es autoritarismo. Este último
es afán de poder; la primera por el contrario, es servicio
y se basa en una estima justa y merecida del chico o de la chica y
de lo bueno en sí, que resulta capaz de mejorarlo.
10. Exigir la obediencia sin vacilaciones, pero intentando dar las
órdenes con el tono más suave y simpático posible.
11. Limitar el número de deberes y prohibiciones a las cosas
verdaderamente importantes. La vida familiar debe estar regida por
el mínimo de reglas imprescindibles, y no por gustos o caprichos
de uno u otro de los progenitores; y esas pocas normas ineludibles,
hay que intentar que se cumplan siempre.
Así los padres — ¡las madres!— «no
se queman» mandando sin ton ni son en cuestiones que, por su
misma escasa relevancia, luego no vamos a hacer cumplir; y los hijos
aprenden a obedecer por la bondad intrínseca de lo que se les
indica, interiorizando los criterios y formando su conciencia.
12. A veces —no muchas— se debe también castigar,
pero con moderación, sin perder la serenidad ni dejarse vencer
por el nerviosismo o la ira.
13. Nunca un castigo ha de ser ni parecer un simple desahogo de nuestro
mal humor, de nuestro cansancio o de nuestro orgullo herido. Por eso,
en ocasiones, es preferible «salir de la escena» y no
volver a ella hasta que se haya recuperado el propio dominio: una
palabra serena y convencida goza de mayor poder de persuasión
que un grito o una reprimenda incontrolados.
Es necesario, además, medir muy bien las consecuencias de la
sanción que se pretende imponer. Jamás debe ser ni desproporcionada
ni de tal envergadura («¡te quedarás tres meses
sin salir de casa!»)… que después resulte imposible
cumplirla y tengamos que condonar la deuda.
Por fin, es muy conveniente que la acción reparadora guarde
clara relación con la falta cometida: los defectos en el estudio
es oportuno corregirlos mediante actividades que enseñen; los
de puntualidad, ayudando a vivirla en otras circunstancias; las explosiones
de ira, enseñando a pedir perdón y a no saltar cuando
les gasten aquella broma que les molesta especialmente…
En este sentido, no suele dar resultado una suerte de «castigo
universal y no específico», como privar de ver la televisión,
jugar con la videoconsola, no asistir a determinados espectáculos…
Entre otros motivos, porque concedemos a esas actividades (televisión,
etc.) una importancia de la que en realidad carecen.
14. Cuando convenga regañar a un hijo, hay que hacerlo con
claridad, con justicia, con brevedad y cambiando después el
tema de la conversación; es imprescindible concederle un tiempo
para que asimile la corrección, sin exigir que reconozca de
inmediato su culpa… como tampoco solemos de entrada reconocerla
nosotros.
15. Resulta muy formativo exigir apoyándose más en el
cariño (y en el bien de los demás) que en los castigos
y recompensas: «Si haces eso, me das —o das a tu padre
o a tus hermanos— un disgusto o una alegría muy grande».
Se transmite así a los hijos la hermosura de hacer o prescindir
de algo libremente, por amor a los demás.
16. Evitar siempre que se pueda los premios materiales, para no cultivar
una moral utilitarista, que espera una recompensa por cada acción
positiva. Al contrario, resulta muy conveniente que los hijos perciban
y se sientan satisfechos al advertir la alegría de los padres
cuando realizan una buena acción.
En el primer caso se promueve, tal vez sin plena conciencia, el egoísmo:
hago algo bueno no por ser bueno, sino porque yo obtengo un provecho.
En el segundo, se ayuda a los hijos a salir de sí y ocuparse
de los otros… que es la única vía transitable
para encontrar la felicidad.
17. Conviene elogiar o censurar no lo que son, sino aquello que hacen.
Se evitará de este modo fomentar la soberbia o el desencanto.
No decir, por ejemplo, «eres tonto», sino «esta
vez has hecho o dicho una tontería».
El uso del verbo ser o similares, por cuanto fácilmente se
refieren a la totalidad de la persona y la califican de un modo radical
y omniabarcante, constituye una especie de carga de profundidad que
puede resultar devastadora.
Más oportuno es, por ejemplo, utilizar frases del estilo: «en
esta ocasión has actuado un tanto egoístamente; no me
lo esperaba de ti». Con ellas, al tiempo que corregimos la actitud
incorrecta, fomentamos los valores positivos de fondo y mostramos
nuestra estima y confianza hacia los chicos.
18. Distribuir encargos oportunos entre los hijos, enseñando
también a que, en determinadas ocasiones, si existe causa justificada
(exceso de cansancio, proximidad de un examen, etc.), uno supla en
lo que debería realizar otro.
Se trata de una de las acciones más difíciles pero al
mismo tiempo más eficaces. Cualquier hijo en condiciones normales
está dispuesto a echar una mano a sus padres… con tal
de que esa tarea no le corresponda a otro hermano. Lograr que superen
esa especie de agravio comparativo es poner las bases de una generosidad
auténtica y duradera.
19. Implicar a los hijos, con un equilibrio adecuado, en las decisiones
familiares, estimulándoles para que hagan sugerencias para
el bien de la familia… y acogiéndolas incluso cuando
las nuestras nos sigan pareciendo un poco mejor que las que propuestas
por ellos (entre otros motivos, porque es muy fácil que las
nuestras, solo por serlo, las consideremos mejores).
20. No rechazar globalmente, y mucho menos a priori («tú
calla, que de esto no sabes») ni siquiera aquellas insinuaciones
de los hijos que nos parecen más insensatas; por el contrario,
esforzarse para descubrir y valorar cuanto hay de bueno en sus ideas…
puesto que siempre hay algo bueno.
Es eficacísimo llegar al convencimiento de que los padres tenemos
mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos.
21. No os limitéis a corregir o aconsejar a los hijos, sino
escucharlos con paciencia, afecto, interés y «simpatía»
—como si se tratara de vosotros mismos o de la persona más
querida—, de modo que lleguéis a comprender el porqué
de sus dificultades, desilusiones, tristezas, errores, mimos, etc.
Y eso, a todas las edades: desde que empiezan a hacerse entender hasta
la etapa tan problemática de la adolescencia... y siempre.
Nunca es buena la presunción de que, por nuestra edad, experiencia,
estudios, etc., la razón se encuentra de nuestra parte.
22. No responder sistemáticamente a sus preguntas, por abulia
o pereza, con un cansino «no lo sé». Los niños
multiplican sus interrogantes, justo cuando advierten ese desinterés.
23. Cuando no se sabe bien qué razones dar para acoger o rechazar
sus peticiones, tener la humildad de decir, por ejemplo: «Déjame
que lo piense».
Y lo mismo cuando nos consultan sobre algo que tienen derecho a conocer,
pero que nosotros no tenemos claro.
Es muy formativo para los hijos —y hace crecer en ellos el aprecio
por nosotros— advertir que siempre estamos dispuestos a atender
a sus demandas… pero también que reconocemos sin problema
que no somos ni omnipotentes ni lo sabemos todo. Tal actitud suele
evitar dificultades en la edad crítica de la adolescencia.
24. Exigir con buen humor, pero jamás con ironía hiriente,
aun cuando fuera sutil. La ironía es siempre dolorosa porque
lleva consigo una suerte de descalificación global o, al menos,
muy superior a la manifestación clara y afectuosa del error
que se intenta corregir.
Por eso, en ocasiones es preciso, nada fácil, ¡y muy
meritorio!, abstenernos de formular esa ocurrencia llena de auténtica
gracia… pero que podría herir a alguno de nuestros hijos.
También aquí el propio lucimiento está muy por
detrás del bien del ser querido.
25. Proponer mejoras realmente posibles —no disparatadas y fruto
de una irritación incontrolada— y prever un tiempo razonable
para cada una de ellas... Probablemente una de las virtudes que más
a menudo ha de ejercitarse en la educación, y por eso de singular
importancia, es la paciencia.
26. Mantener las promesas hechas.
Para ello, reflexionar detenidamente sobre la viabilidad de llevarlas
a cabo antes de adquirir el compromiso.
Y si en algún caso resultara realmente imposible cumplir lo
pactado, explicar con humildad y claramente los motivos, al tiempo
que se propone una alternativa.
27. Usar las bofetadas lo menos posible (que no necesariamente quiere
decir nunca: como todo, esto depende mucho del modo de ser del chico).
Sería bonito que vuestro hijo, más adelante, pudiera
contar los bofetones recibidos de niño.
28. Enseñar a los hijos el valor de ciertas renuncias y despertar
su capacidad de crítica frente a la publicidad consumista,
que exalta de continuo la satisfacción inmediata de deseos
y necesidades artificialmente creados y elimina el gozo profundo de
los grandes logros que suponen largo esfuerzo.
En este caso, más que nunca, es menester andar atentos para
no convertir en lícito y norma de conducta lo que «todo
el mundo hace»; e imprescindible, si se quiere ser eficaz, que
nuestro ejemplo vaya por delante.
29. Iniciar a los hijos en el misterio del origen de la vida y del
amor entre hombre y mujer, de manera progresiva y desde muy pequeños,
en la justa medida —muy escasa o casi nula en los comienzos—
en que demuestren interés por el tema.
Vale más adelantarse que llegar tarde (sin olvidar que hoy
estas cuestiones «están a su alcance» —televisión,
revistas, Internet, amigos...— mucho antes de lo que creemos).
Por otro lado, incluso cuando no nos prestaran demasiada atención,
les estamos demostrando que no se trata de una cuestión tabú,
sino tan normal como las restantes que hablamos en la intimidad, y
que pueden acudir a nosotros para consultar sus legítimas dudas…
o contarnos sus fracasos (como consecuencia, jamás deberíamos
mostrar asombro o indignación cuando nos hagan partícipes
de sus derrotas).
30. Pedir ayuda a Dios y ponerse en las manos de la Virgen y de los
Ángeles Custodios, con real abandono, para ser buenos educadores.
B) Lo que no conviene decir
Como sencillo memorandum, añadiré diez frases que conviene
eliminar de nuestro repertorio:
1. « ¡A mí no me haces esto!» (Demuestra
más amor propio que afecto hacia el hijo).
2. «Esto no se lo cuentes a papá (o a mamá)»
(destruye la fuente del amor y el crecimiento familiar: la unión
de los cónyuges).
3. «No sirves para nada, eres un egoísta, un embustero...»
(Descalifica globalmente al chico y refuerza el ejercicio del tipo
de conductas que pretendemos corregir).
4. «Has hecho lo que tu querías, ahora ¡arréglatelas!»
(Además de orgullo herido, manifiesta falta de «simpatía
y compromiso» con el hijo o la hija).
5. «Dime la verdad, de lo contrario...» (muestra desconfianza
y sustituye el amor por la amenaza).
6. « ¿Dónde has estado? ¿Qué has
hecho? ¿Quién había?» (Constituye una agresión
a la intimidad, que más bien cierra cualquier posibilidad de
comunicación).
7. «Haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz» (hace
poco me contaron que un chico explicaba a sus amigos que sus padres
no lo querían «porque me dejan hacer lo que quiero»).
8. «Mira qué buena es tu hermana, cómo estudia,
cómo ayuda» (olvida que cada persona es única
y fomenta los celos, las envidias, la competitividad malsana…).
9. «La ha traído la cigüeña, o bien, son
cosas que no te interesan». (Imposibilita que se establezcan
lazos en torno a una de las esferas en que los hijos más lo
necesitan; arroja el amor a la categoría de lo innoble y dificulta
cualquier posterior conversación sobre este tema).
10. «Mira que Dios te va a castigar» (distorsiona inevitablemente
la imagen de Dios como Padre amoroso; sustituible con ventaja por
algo como: «Dios te ve siempre, quiere tu bien, y sería
estupendo que lo tuvieras muy contento»).
(Consideraciones complementarias respecto a este artículo
pueden encontrarse en el libro T. Melendo, L. Millán-Puelles,
Asegurar el amor, Rialp, Madrid
Tomás Melendo
tmelendo@masterenfamilias.com
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