Si riñéramos siempre a nuestros hijos, si encontráramos
que todo lo hacen mal, si a menudo estuviéramos alterados
y enfadados cuando estamos en casa y no reflejáramos
la alegría de disfrutar de su presencia, sería
fácil que los hijos, al encontrarse poco agradables
para sus padres, perdieran autoestima; y al perderla, no serian
capaces de enfrentarse a los retos que les surgirán
a lo largo de su vida. Por lo tanto, para fomentar su autoestima
tenemos que recordar que toda persona, y especialmente nuestros
hijos al llegar a este mundo, tienen que saberse aceptados,
amados y valorados.
Queremos favorecer la autoestima de los hijos, porque sabemos
que si la tienen, pueden ir tranquilos por la vida y superar
todas las dificultades que se les presenten. Desde luego que
nuestra actitud tiene que ser positiva, y al hablar, actuar,
informar y motivar nuestros hijos transmitir nuestra comprensión.
Enumeraremos los tres factores que influyen en esta manera
de hacer:
1. Aceptación total, incondicional y permanente: Nuestro
hijo es una persona única e irrepetible. Él
tiene cualidades y defectos, pero tenemos que estar convencidos
de que lo más importante es que capte el afán
de superación y la ilusión de cubrir pequeños
objetivos de mejora personal. Las cualidades son agradables
de descubrir, los defectos pueden hacer perder la paz a muchos
padres, pero se pueden llegar a corregir con paciencia, porque
aceptamos totalmente la forma de ser del hijo, incondicionalmente
y por siempre. La serenidad y la estabilidad son consecuencia
de la aceptación y, esto quiere decir, actuar independientemente
de nuestro estado de ánimo. También en circunstancias
de más dificultades, como serían las de tener
hijos discapacitados tendremos que crear la aceptación
plena no sólo de los padres si no también de
los hermanos y familiares, con la convicción de que
repercutirán todos los esfuerzos en bien de la familia.
2. Amor: Nuestro testigo de amor constante y realista será
la mejor ayuda para que nuestros hijos logren una personalidad
madura y estén motivados para rectificar cuando se
equivoquen. Al amar siempre deberemos corregir la cosa mal
hecha, ya que al avisar damos la posibilidad de rectificar
y, en todo caso, siempre deberemos censurar lo que está
mal hecho, nunca la persona. Dice San Pablo en la Epístola
a los Colosenses: ''Padres, no importunéis a vuestros
hijos, para que no se desalienten''. El amor es la base de
la familia y la mejor escuela para aprender a darse y a recibir
y nuestro hijo o hija es un don, un obsequio a quien hace
falta entregarle toda nuestra vida con generosidad, afecto
y agradecimiento.
3. Valoración: Elogiar el esfuerzo de nuestro hijo,
siempre es más motivador para él, que hacerle
constantemente recriminaciones. Ciertamente que ante las desobediencias
o las malas respuestas, podemos perder las formas, pero los
mayores debemos tener la voluntad de animar aunque estemos
cansados o preocupados; por esto, en caso de perder los nervios,
lo mejor es observar, pensar y cuando estemos más tranquilos
decir, por ejemplo: ''esto está bien, pero puedes hacerlo
mejor''. Durante el tiempo que estamos con los hijos siempre
tenemos ocasiones para valorar su esfuerzo, no pedirle más
de lo que puede hacer y ayudarlo a mejorar viendo la vida
con un sentido deportivo. Tenemos que procurar que aprenda
a aceptarse y que con optimismo supere sus dificultades. De
esta manera, conseguiremos que nuestro hijo sepa que le amamos
por lo que es él y será capaz de desarrollar
al máximo todas sus capacitados personales. Tenemos
que decir lo que está bien, sin darle ningún
calificativo a él. Como dice el pedagogo Oliveros F.
Otero: ''Se tiene que censurar la tarea, no la persona, se
tiene que alabar la tarea, no la persona''. Nuestra actitud
positiva, comprensiva y motivadora incrementará la
seguridad de nuestros hijos e hijas.