Proyectarse en los hijos: A veces puede suceder que proyectamos
en los hijos nuestras debilidades, limitaciones o frustraciones.
Por ejemplo, es bastante corriente que sí uno no ha
triunfado profesionalmente en una carrera, o no ha podido
estudiar una materia determinada, se desea que no se repita
esta experiencia, sin contar con la peculiar manera de ser
de cada cual y se obliga a cambiar de opción al hijo
o a la hija. También puede suceder respecto al carácter,
sin tener en cuenta que todos somos diferentes. La conclusión
a que llegaríamos es que no se puede programar su vida,
se debe educar su libertad, con respeto por su individualidad
y descubriendo sus particulares posibilidades.
Sobre proteccionismo: Consiste en un concepto exagerado del
amor que no permite que el hijo o la hija tenga la posibilidad
de equivocarse, ni de hacer algo por propia iniciativa. La
protección se hace necesaria cuando hay un peligro
real para el niño o niña, entonces tenemos la
obligación de atender sus necesidades. Pero esto no
se puede confundir con intervenir continuamente en sus decisiones.
De lo que se trata es que tengan la oportunidad de conocer
por si mismos el riesgo de la libertad y que encuentren las
soluciones adecuadas después de un fracaso. El mal
resultado educativo de esta sobreprotección es la baja
autoestima y la falta de seguridad de niños y niñas
que esperan que todos los problemas se los den resueltos.
El autoritarismo: Lo llevan a cabo aquellos padres y madres
que tienen miedo de perder el control de todo y utilizan órdenes,
gritos o amenazas para obligar a hacer algo. La señal
de esta manera de hacer es la arbitrariedad, se ordena cualquiera
cosa, sin reflexionar antes si era conveniente y sin explicar
las razones de la orden que se da. Todo es por imposición.
Su autoridad es la ley del más fuerte, frases como:
''porque te lo mando yo, o “porque soy tu padre o tu
madre''; es un abuso de poder y la máxima anulación
de la personalidad del hijo o hija. Sólo consiguen
el desconcierto de los niños o la desobediencia de
los jóvenes. El mensaje que transmiten es de poca comprensión
hacia las necesidades y sentimientos de los suyos: por lo
tanto, el resultado educativo es forjar personas con timidez
o con una gran rebeldía.
La rigidez: Esta actitud conlleva ser incapaces de rectificar,
de cambiar de opinión; no se está dispuesto
a escuchar ni a enterarse del porqué de una actuación
determinada. Se cree que siempre se tiene la razón,
sin respetar el hijo o hija. La base de la buena comunicación
es la confianza donde hay diálogo. Se aprende de los
otros siempre, puesto que hijos e hijas pueden tener ideas
diferentes a las de sus progenitores y, no por esto, dejar
de ser buenas. El contrario de la rigidez es la flexibilidad
para saber valorar lo que es importante permanentemente, o
bien aquello que sólo lo es temporalmente.
Victoria Cardona Romeu
Profesora y educadora familiar
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