Ya se ve que para comunicarse no se necesitan palabras, sino
que se necesita afecto y que haya un clima de confianza y,
¿como conseguimos este clima?.. Podemos reflexionarlo,
puesto que se hace muy difícil recibir la confianza
de nuestros hijos si no hacemos un esfuerzo para ser acogedores
y estar tranquilos y de buen humor a la hora de comunicarnos.
Es imprescindible comprender a nuestros hijos; saber intuir
qué les preocupa, qué nos quieren decir o qué
necesitan. La base de la comunicación, es amar, interesarse
por sus cosas y ayudar a que ellos solos vayan resolviendo
sus dificultades. Cuando hay confianza se actúa con
calma, no se improvisa y se da paz.
Hay muchas virtudes que pueden ser útiles para ayudar
a la comunicación, con el clima de confianza adecuado,
que favorece el diálogo, base de la comunicación,
pero yo destacaría dos: la sinceridad y la discreción.
1. La palabra sinceridad deriva del latino ''sine cera'' (sin
cera) refiriéndose a los ungüentos que utilizaban
las mujeres romanas para disimular sus arrugas. Pues bien,
para vivir la sinceridad tenemos que recordar a San Pablo
que nos dice ''sea el vuestro sí, sí y el vuestro
no, no.'' Sinceridad es decir siempre con claridad lo que
se hace, lo que se piensa, lo que se vive. Nuestros hijos
tienen que ver que nosotros somos sinceros siempre. Por esto
debemos reflexionar y preguntarnos: ¿Cuántas
veces hemos dejado incompleta una promesa o una reprimenda
que habíamos anunciado a nuestros hijos?... ¿Cuántas
veces nos han telefoneado y, por comodidad, hemos hecho decir
que no estábamos en casa?... ¿Cuántas
veces hemos asustado a los pequeños diciendo '' que
viene el hombre del saco'' y lógicamente aún
lo esperan?...O otras medias verdades, que no dejan de ser
mentiras que malogran la confianza.
Nuestra sinceridad tiene que ser ejemplar, la verdad tiene
que ser objetiva, clara. Por ejemplo, si nos equivoquemos,
pedimos perdón y lo reconocemos; esto es más
educativo para el hijo que muchos sermones y consejos repetitivos.
A veces los hijos no son lo suficiente sinceros con nosotros
por no quedar mal o porque tienen miedo de que tengamos una
reacción desmesuradamente enfadada con lo que nos dicen.
Sobre todo en la adolescencia tenemos que ser pacientes y
estar preparados para que nos expliquen lo más impensable
sin perder los nervios. Lo que es más importante siempre
es que los hijos nos digan la verdad, aunque del susto recibido
nos quedáramos sin aliento. Con todos los datos reales
del problema, no nos equivocaremos a la hora de buscar soluciones
juntos y reforzaremos la confianza mutua.
2. La discreción; hoy, más que nunca, se hace
evidente que los padres debemos profundizar en esta virtud,
que no es frecuente en el ambiente actual. En el Diccionario
General de la Lengua Catalana de Pompeu Fabra, encontramos
esta definición de discreción: ''reserva en
las acciones y en las palabras, reserva del que no hace sino
aquello que conviene hecer, de quien no dice sino aquello
que conviene decir, que sabe callar aquello que le ha estado
confiado.''
Muchos hijos se quejan de que los padres, o bien para vanagloriarse,
o bien para quejarse explican las confidencias que ellos les
han hecho. Ya se ve que este sería un defecto que influiría
en la confianza que nos habrían dado los hijos; nada
más y nada menos sería ''ventilar'' sus emociones;
tampoco los hijos entienden las ironías ni bromas sobre
sus ''cosas'', por lo tanto no conviene decir lo que nos confían
y tenemos que considerar que para ellos aquello es muy importante,
aunque a los mayores nos pareciera de poco valor.
Con la virtud de la discreción nace el discernimiento,
para saber cuando es prudente preguntar, o cuando hace falta
esperar para hacerlo, puesto que hace falta respetar la intimidad
del hijo y tener paciencia para recibir la confidencia. También
distinguir el momento en que es conveniente dar el consejo
oportuno. Pienso que cuando un niño pequeño
tiene una pataleta, ¿verdad que es muy difícil
corregirlo sí nos ponemos a gritar como él y
perdemos los nervios? Con los hijos mayores tenemos que hacer
lo mismo, es sencillamente pasar por alto el momento de ofuscación
y buscar el tiempo para dialogar con calma y serenidad. Una
persona discreta no impone, no coacciona sino que observa
y ayuda a mejorar reconociendo que ella también tiene
defectos; por lo tanto, no se sobresalta por nada, y, con
esta comprensión anima a su hijo a la sinceridad.
Para concluir, podríamos decir que el objetivo de procurar
fijarnos en la sinceridad y la discreción, es ayudar
a que haya el clima de confianza adecuada que haga de los
padres buenos amigos de los hijos, a quienes los hijos pueden
explicar sus ideales, sus problemas, sus alegrías.
Empecemos a interesarnos por lo que les preocupa de bien pequeños
y así fundamentaremos la franqueza del mañana.
Como que la comunicación es la base de unas buenas
relaciones familiares en el próximo capítulo
profundizaremos en como hemos de escuchar, en como mantener
un buen diálogo y en algunos errores frecuentes que
pueden malograr la comunicación entre padres y hijos.
Expresamente ilustro siempre estos temas con fotografías
con niños pequeños puesto que creo que los padres
que se interesan por los hijos menudos, también serán
capaces de comprender los cambios de humor y las inquietudes
de los hijos adolescentes.