Hemos de reconocer que cuando vamos acelerados por el trabajo
tenemos menos posibilidades de vivir la empatía; podría
ser que al pensar demasiado en las propias ocupaciones, dejáramos
de lado los que primero nos necesitan. “Miramos por
la ventana el ruido de la calle y nos olvidamos de alguien
que está a nuestro lado y necesita nuestra compañía”,
nos recuerda el filósofo André Frossard.
Ante todo no podemos olvidar, que desde la vertiente de persistir
en el esfuerzo por comprender a los demás, hace falta
no estar pendientes de nuestro estado de ánimo sino
del de los que nos rodean, en este caso, y en primer lugar
el de nuestros hijos. La realidad es que si esperáramos
a tener buen humor para ser empáticos, nos costaría
encontrar el momento para tener una actitud de disponibilidad
que reclama el tema que tratamos. Llegamos a la conclusión,
después de probar toda clase de “recetas”
educativas que, dedicar tiempo y saber escuchar son las llaves
de esta cualidad.
Me parece interesante, en el tema que tratamos, reflexionar
en que puede perjudicar la empatía el hecho de que,
en alguna ocasión podemos encontrarnos con hijos nuestros
que tienen una extremada timidez y nos cuesta entender que
les pasa. Es la timidez, como un miedo a demostrar cómo
se es, inquietarse preocupándose que podrán
decir de ellos o como les juzgaran los demás. Y para
estos hijos según como sea la mirada de padres o profesores
ante sus actuaciones les puede resultar verdaderamente amenazadora.
No pretendo dar la culpa a los padres pero si que, con la
intención de poner remedio, me parece que esta timidez
puede venir de haberles dado más responsabilidades
de las que podían asumir y que no eran adecuadas a
su edad ni temperamento y esto habría propiciado el
quedar decepcionados por no poderlas cumplir. O bien por una
sobreprotecció excesiva que no los haya dejado tener
iniciativas para poder valorar lo que han hecho, evidentemente
de manera positiva.
Todas las dificultades de nuestros hijos las podemos mejorar
con la empatía hacia ellos. Tenemos que tomar la resolución
de tener una buena disposición para sentir lo que ellos
sienten. Los ejemplos anteriores de pedir más de las
responsabilidades que puedan asumir o bien de la sobreprotección
se acentúan cuando nos encontramos con niños
muy vergonzosos que lo son por temperamento, y de forma innata
tienden a la timidez, pero pueden aprender pronto a superarla,
como sugeriremos en el siguiente párrafo.
Tienen los hijos un ámbito adecuado para sobreponerse
a esta vergüenza: es la escuela y la tenemos que saber
potenciar. Por ejemplo, si tienen de recitar una lección
en público o participar en el aula oralmente delante
del profesor y varios compañeros, poco a poco, aprenderán
que no los ha pasado nada, que lo pueden hacer bien, y con
esta experiencia irán cogiendo confianza y llegar a
ser personas seguras.
Es importante que los niños y los adolescentes vayan,
también, solucionando todos los problemas cotidianos
y ordinarios de conflictos que tengan en el hogar y en la
escuela, sin una intervención directa de los padres,
a no ser que viéramos que fuera necesaria por tratarse
de conflictos extraordinarios.
Es también una buena ayuda que tenga alguna actividad
de tiempo libre, que les guste, para conocer más niños
y relacionarse. Al mismo tiempo enseñarle a compartir,
invitando amigos a casa y hacer que se interese por las cosas
de los demás, especialmente si no tiene muchos hermanos.
Todas las formas de sociabilidad ayudan a pequeños
y a adultos a llevar a la práctica la empatía.
Y desde luego recibir siempre a los hijos, principalmente
a la vuelta del colegio, con una actitud alegre y sonriente
por facilitar su confidencia y a la vez ejercitar todos los
sentidos para adivinar y entender que les sucede.
Victoria Cardona Romeu
Profesora y educadora familiar
|